-Voy
a lavar la ropa-me avisa Juana, en voz baja. Ni falta hace contestar porque
somos solo nosotros dos y el silencio. Imposible que no la escuche.
Antes,
cuando vivíamos en los altos, me hubiera gritado veinticinco veces de ser
necesario y hasta que no le decía “bueno”, no iba. Nunca supe si necesitaba
aprobación o compañía.
Todo
es más lento aquí. Y los días más cortos. Y se usan menos palabras. No hacen
falta. Ni palabras ni reloj. Ni ordenes ni secretarios.
-En
un ratito comemos-le dije a Juana que volvía descalza, con los pantalones
arremangados, abrazando el fuentón.
Así
pasan nuestros días. Ahora la noche descansa y el día se disfruta. Las charlas
son cortas y el pensamiento largo.
-¿Dónde
va la gente cuando duerme?-ayer me preguntó Juana mientras me ofrecía el
segundo amargo de la mañana.
Recién
después del primer sorbo del tercer mate le respondí. Ya les dije que todo es
lento aquí, por eso ella ni siquiera volvió a preguntarme. Solo espero. Sabe
que las respuestas tarde o temprano aparecen en la orilla.
-Se
van debajo de la cama. Sin darse cuenta, claro. Pero bajan, como nosotros a la
orilla. Algunos solo descansan. Otros, cruzan el río y sueñan-le respondí
y le devolví el mate.
Aunque
mi reflexión me pareció sumamente tonta, Juana pareció satisfecha con mi
respuesta. No esperaba más.
En
la orilla no se necesita filosofía de vida ni libros de autoayuda para existir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario