domingo, 8 de mayo de 2016

VIVIR EN LA ORILLA



Desde que decidimos bajar y vivir en la orilla, la existencia se simplificó. Todo parece más lento aquí. Y los días más cortos.
-Voy a lavar la ropa-me avisa Juana, en voz baja. Ni falta hace contestar porque somos solo nosotros dos y el silencio. Imposible que no la escuche.
Antes, cuando vivíamos en los altos, me hubiera gritado veinticinco veces de ser necesario y hasta que no le decía “bueno”, no iba. Nunca supe si necesitaba aprobación o compañía.
Todo es más lento aquí. Y los días más cortos. Y se usan menos palabras. No hacen falta. Ni palabras ni reloj. Ni ordenes ni secretarios.
-En un ratito comemos-le dije a Juana que volvía descalza, con los pantalones arremangados, abrazando el fuentón.
Así pasan nuestros días. Ahora la noche descansa y el día se disfruta. Las charlas son cortas y el pensamiento largo.
-¿Dónde va la gente cuando duerme?-ayer me preguntó Juana mientras me ofrecía el segundo amargo de la mañana.
Recién después del primer sorbo del tercer mate le respondí. Ya les dije que todo es lento aquí, por eso ella ni siquiera volvió a preguntarme. Solo espero. Sabe que las respuestas tarde o temprano aparecen en la orilla.
-Se van debajo de la cama. Sin darse cuenta, claro. Pero bajan, como nosotros a la orilla. Algunos solo descansan. Otros, cruzan el río y sueñan-le respondí y le devolví el mate.
Aunque mi reflexión me pareció sumamente tonta, Juana pareció satisfecha con mi respuesta. No esperaba más.
En la orilla no se necesita filosofía de vida ni libros de autoayuda para existir.



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