Acabo de comprar la fórmula
para enamorar. Recién, en el semáforo de acá a la vuelta. Me detuve y el pibito
golpeó la ventanilla. La abrí poquito. Apenas. Para escuchar sus palabras.
Sonrío. Con tristeza. "No sé leer", me dijo y apoyó sobre el vidrio un papelito
para que yo lo leyera. Nunca me habían ofrecido algo tan maravilloso en una
esquina ni en otro rincón de la ciudad.
-Es el último que queda, ¿me lo compra? - dijo "es el último que queda” aunque alguno pueda haber leído “es el último que me queda”. Una maravilla.
-Es el último que queda, ¿me lo compra? - dijo "es el último que queda” aunque alguno pueda haber leído “es el último que me queda”. Una maravilla.
Decidí aceptar el negocio, tal vez porque no tenía tiempo de explicarle que nunca he creído en elixires ni milagros envasados, que esas cosas no se venden y que solo están los que creen y los que revientan, porque no tenía tiempo y el semáforo ya amagaba un verde libertad, de esperanza, de poca paciencia y de bocinazos inflamados de premura y porque yo que ese día necesitaba creer y porque él ese día necesitaba comer.
El dinero cayó en su palma
abierta y la formula para enamorar en el asiento del acompañante. Dos gracias se cruzaron justo antes de cerrar la ventanilla otra vez.
Acabo de comprar la fórmula
para enamorar, me digo. Voy hasta el baño. Me miró al espejo. Lo gritó otra
vez, sin poder creerlo.
Sonrío y leo las
instrucciones.
Sonrío y me siento feliz.
Feliz otra vez.

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