Todo ha
terminado por la madrugada.
Todo. Incluso el apetito de jugar.
La
máscara agotada yace colgada
en un
paraje cualquiera del placard.
En las
esquinas lloran los chiquilines,
abrazados
al último bandoneón.
Las
vírgenes, lejos de los berretines,
también
lloran por malgastar la ocasión.
(Fragmento sin música de Tangos
que cantaremos cuando seamos viejos)

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