Encontró
un piojo en su cabeza. Y dos pianos. Marcó el acorde del fa menor y la tarjeta de ingreso. El trabajo la clasifica y la
llena, todos los días, de piojos y de puchero recalentado.
Pero la noche sucedió un día, como todas las
noches, junto al canto de los perros y los ladridos de los grillos. René cruzó
corriendo la avenida plagada de autos que bocineaban su nombre , en busca de
una partera.
El ser humano ha perdido el instinto. Ya no
entiende el batir de la naturaleza ni la
importancia de comer su propia placenta. En su bolsito al crochet lleva el
manual que recibió en el curso de preparto. René ha perdido el instinto en la
última partida de ajedrez.
¡El ser humano razona! Esa es la gran mentira
metida dentro de su cabeza, debajo de los pianos, entre los piojos.
A pesar de los géneros, René, el nombre del
hombre.
René ha vuelto a trabajar.
René no razona.
No. No.
René solo ha aprendido el arte de comerciar.

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