miércoles, 22 de junio de 2016

LA VUELTA A LA MANZANA



La manzana cayó lejos del bosque, ya sin plaza, sin potrero.
Espigas de cemento.

La manzana no rechazó al árbol, a pesar de su vida sin brazos,
de su vida sin alas
de su cáscara color sillón.

Dar la vuelta a la manzana, como un insecto extraviado
que da la vuelta olfateando la nada.

No hay blanco, no hay negro,
en esa rueda descarriada.
No hay montaña, no hay cielo,
tal vez chocolate,
y vos descalza,
y yo descalzo.
Pero hay manzanas arenosas,
arenosas...
Niño del paño abre la boca,
la boca.

No tendrá hijos esta manzana, no los tendrá,
dijo el insecto que masticaba su semilla.
No tendrá hijos esta manzana, no los tendrá,
dijo el insecto de la grúa en los bolsillos.

No.
Ya no hay lugar en esta manzana.
En cada centímetro se juega a los soldados,
a los espías,
a los esclavos.

No.
Ya no hay lugar en esta manzana,
cada color marchó a contramano,
sin prisa,
sin diario.

Porque no hay satélite natural
en este planeta de cielo color marrón,
dijo el insecto vestido de fósforo
entre las hojas amarillas sin sol.
Porque no hay sirenas dulces
en este planeta de infierno sin color,
dijo el hombre desnudo,
desde su estante de metal,
junto al morbo seco en almíbar.

Marcha y marcha 
la espesa madrugada,
la basura en bicicleta espera,
espera nada.

Marcha y marcha
la triste madrugada
que vaticina mariposas mecánicas
marcando tarjetas en el reloj de la fabrica.

Pero hay manzanas deliciosas,
deliciosas...
Y ladridos de perros a la luna...

¡Ay, la luna!




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