La manzana
cayó lejos del bosque, ya sin plaza,
sin potrero.
Espigas de
cemento.
La manzana no
rechazó al árbol, a pesar de su
vida sin brazos,
de su vida
sin alas
de su cáscara
color sillón.
Dar la vuelta
a la manzana, como un
insecto extraviado
que da la
vuelta olfateando la nada.
No hay
blanco, no hay negro,
en esa rueda
descarriada.
No hay
montaña, no hay cielo,
tal vez
chocolate,
y vos
descalza,
y yo
descalzo.
Pero hay
manzanas arenosas,
arenosas...
Niño del paño
abre la boca,
la boca.
No tendrá
hijos esta manzana, no los
tendrá,
dijo el
insecto que masticaba su semilla.
No tendrá
hijos esta manzana, no los
tendrá,
dijo el
insecto de la grúa en los bolsillos.
No.
Ya no hay
lugar en esta manzana.
En cada
centímetro se juega a los soldados,
a los espías,
a los
esclavos.
No.
Ya no hay lugar
en esta manzana,
cada color
marchó a contramano,
sin prisa,
sin diario.
Porque no hay
satélite natural
en este
planeta de cielo color marrón,
dijo el
insecto vestido de fósforo
entre las
hojas amarillas sin sol.
Porque no hay
sirenas dulces
en este
planeta de infierno sin color,
dijo el
hombre desnudo,
desde su
estante de metal,
junto al
morbo seco en almíbar.
Marcha y
marcha
la espesa
madrugada,
la basura en
bicicleta espera,
espera nada.
Marcha y
marcha
la triste
madrugada
que vaticina mariposas
mecánicas
marcando
tarjetas en el reloj de la fabrica.
Pero hay
manzanas deliciosas,
deliciosas...
Y ladridos de
perros a la luna...
¡Ay, la luna!

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